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Oct 11

El fin de semana pasado terminé de leer “Fahrenheit 451″. Llevaba ya tiempo detrás de este libro, y no me ha decepcionado en absoluto.

No sé, me gusta leer libros distópicos, como lo son ‘1984′ o ‘Un mundo feliz’. Por una parte, uno piensa (y a veces sabe) que los mundos que se reflejan en esos libros no son reales ni podrán serlo (sobre todo, por las imprecisiones), pero por otra, uno -al menos, en mi caso- puede ver aterrado cómo cada vez el nuestro se asemeja más a estos, al menos estructural e ideológicamente. Las “implementaciones”, lógicamente, son diferentes. Y más sutiles, para que nos cueste más darnos cuenta, así tampoco nos la damos los que estamos medio informados.

Algunos trozos del libro que me han parecido más que sugerentes (espero no tener problemas con copyrights y demás mierdas), los copipego aquí:

- Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión. No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánza les encima tantos “hechos” que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino, se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres puede hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trate de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubs y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas, helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que csté relacionado con los reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección dc teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las víbraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo. He de marcharme.

Hum, ¿de qué me suena esto? ¿Podría ser el cada vez menor nivel de la educación (primaria, secundaria e incluso superior), la banalización y el cada vez mayor sensacionalismo de los informativos, la superficialidad cada vez mayor de la sociedad? Este libro tiene ya más de 50 años.

Más adelante, en el libro, Montag (el protagonista), su esposa y dos mujeres tienen la siguiente conversación:

Yo no afirmaría cal cosa -dijo Mrs. Bowles-. He tenido 5 hijos mediante una cesárea. No tiene objeto pasar tantas molestias por un bebé. El mundo ha de reproducirse, la raza ha de seguir adelante. [...] Con dos cesáreas, estuve lista. Sí, señor. ¡Oh! Mi doctor dijo que las cesáreas no son ímprecindibles, que tenía buenas caderas, que todo iría normalmente, pero yo insistí.
-Con cesárea o sin ella, los niños resultan ruinosos. Estás compleamente loca -dijo Mrs. Phelps.
-Tengo a los niños en la ecuela nueve días de cada diez. Me entiendo con ellos cuando vienen a casa, tres
días al mes. No es completamente insoportable. Los pongo en el “salón” y conecto el televisor. Es como lavar ropa; meto la colada en la máquina y cierro la tapadera. -Mrs. Boles rió entre dientes-. Son tan capaces de besarme como de pegarme una patada. ¡Gracias a Dios, yo también sé pegarlas!
Las mujeres rieron sonoramente.

Esto me recuerda a esta noticia. Respecto a la tele, ya sabemos quién cuida y acompaña a los abuelos que dejamos solos en sus casas.

E inmediatamente después:

-Hablemos de política, así Guy estará contento!
-Me parece estupendo dijo Mr. Bowles. Voté en la últimas elecciones, como todo el mundo, y lo hice por el presidente Mole. Creo que es uno de los hombres más atractivos que han llegado a la presidencia.
-Pero, ¿qué me decís del hombre que presentaron frente a él?
-No era gran cosa, ¿verdad? Pequeñajo y tímido. No iba muy bien afeitado y apenas sabía peinarse.
-¡Qué idea tuvieron los “Outs” para presentarlo? No es posible entender cómo un hombre tan bajito contra otro tan alto. Además, tartamudeaba. La mitad del tiempo no encendí lo que decía. Y no podía entender las palabras que oía.
-También estaba gordo y no intentaba disimularlo con su modo de vestir. No es extraño que la masa votara por Winston Noble. Incluso los hombres ayudaron. Comparad a Winston Noble con Hubber Hoag durante diez segundos, y ya casi pueden adivinarse los resultados.
-¡Maldita sea! -gritó Montag-. ¿Qué saben ustedes de Hoag y de Noble?
-¡Caramba! No hace ni seis meses que estuvieron en esa mismísima pared [la tele se proyecta en la pared, en el libro]. Uno de ellos se rascaba incesantemente la nariz. Me ponía muy nerviosa.
-Bueno, Mr. Montag -dijo Mrs. Phelps-, ¿querría que votásemos por un hombre así?

Esta parte me recordó al famoso lifting que se hizo Berlusconi hace un par de años. La política se fija más en la forma que en el fondo (¿lógicamente?). No cabe duda de que, en casi todos los aspectos de la vida, la primera impresión cuenta muchísimo, sobre todo cuando se es “ajeno” al tema que se está tratando. Los políticos, las empresas, y demás gente “de arriba” lo saben mejor que nadie, de ahí las grandes inversiones en publicidad, los grandes mítines, etcétera, mientras la gente pasa de la política porque le da asco. Es una buena forma de asegurarse el poder, y lo peor es que entre todos lo estamos consintiendo. Es tristísimo que seamos tan superficiales, incluso en temas tan delicados como el decidir quién va a administrar el dinero de nuestros impuestos y el futuro de nuestro país.

Y casi en el final del libro:

“Detesto a un romano llamado Statu Quo”, me dijo. “Llena tu ojo de ilusión -decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantático que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si exitiera, estaría emparentada con el gran perezoso que cuelga boca abajo de un árbol, y todos y cada uno de lo días, empleando la vida en ormir. Al diablo con eso -dijo- sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.”
-¡Mire!- exclamó Montag.
Y la guerra empezó y terminó en aquel instante.

 

En definitiva, el libro me ha gustado bastante. Reconozco que hoy estoy algo espeso, me gustaría haber escrito algo más propio, pero es que no me sale. A ver si otro día me inspiro y le hago una segunda parte a este post.

PD: habréis visto que últimamente apenas escribo en el blog, simplemente es que no tengo ganas, ni tampoco mucho que decir. A ver si recupero el ritmo, aunque tampoco me voy a sentir atado a esto, en principio es sólo un entretenimiento :).

Un comentario to “232′7 ºC = 505′92 K”

  1. alex dijo::

    no tan espeso. sigue con la isla de orwell y con we de evgeny zamiatin.

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